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Rosa de Santa María, de nombre secular Isabel Flores de Oliva (1586-1617), laica y terciaria dominica. Una mujer que se atrevió a vivir el evangelio sine glossa, en el tiempo de una Lima cristianizada sí, pero, al mismo tiempo, colonial y caracterizada por enormes diferencias sociales, económicas y culturales.
Se ha escrito mucho sobre la vida mística de santa Rosa de Lima, y de su experiencia ascética, de su oración y de las mortificaciones que asumía para participar del sufrimiento de Cristo en la cruz, en efecto, José Carlos Mariátegui la llamó “flor de penitencia”; pero su mística no era de ojos cerrados o de éxtasis personal alejado de los problemas; su mística era de ojos abiertos, es decir, una espiritualidad comprometida con el sufrimiento del mundo real, de profunda cercanía con los problemas de su tiempo, especialmente con los que sufrían abandono, pobreza, miseria y enfermedad. Es importante destacar en nuestra santa que su experiencia mística la llevó a articular y vincular la oración y el servicio como expresión lógica de la fe; en su experiencia la contemplación de Dios, se expresa también en la contemplación activa del pobre y sufriente; su experiencia viva de Dios, se extrapola en su experiencia viva de cercanía con los necesitados de su tiempo.
Su vida mística se reflejó en su pasión por acompañar y asistir la vida de los pobres. Santa Rosa, a pesar de su corta vida (31 años) y su frágil salud, tuvo una vida intensa y apasionada por Jesucristo, es verdad; pero también, por la causa de los pobres. Como relataba fray Pedro de Loayza: “acostumbraba a traer a su casa a personas a las que no sólo servía, acompañaba o ayudaba, sino que también, si era necesario, las cargaba y tomaba en brazos, aunque esto le resultase perjudicial por estar ella debilitada y enferma”1. Esta pasión por ayudar a los pobres era el reflejo de su identificación con Cristo.
Joseph Ratzinger, en un discurso pronunciado sobre ella, utilizó una sugerente figura para describir su vida como “perfume de Cristo”, pues su vida y ejemplo se esparcieron más allá de las fronteras de su propia tierra. En efecto, ella fue el primer fruto de santidad del Nuevo Mundo, que se extendió por todo el continente, manifestando la universalidad de su vida y la posibilidad de vivir el evangelio en cualquier momento y lugar.
El misticismo y la pasión que Santa Rosa imprimió a su vida nos permiten comprender una dimensión fundamental de la vida cristiana: amar verdaderamente a Dios y amar al pobre se confunden en un mismo amor. Este es probablemente el mensaje más actual que su vida nos ofrece. En efecto, hacer un mundo mejor solo requiere de personas con mística y pasión, que descubran en los rostros del pobre y sufriente el rostro de Cristo y sean capaces de servir a los demás con alegría y sencillez; con generosidad y compasión; y con la justicia esperanzadora del Evangelio.
Santa Rosa, patrona de nuestra Universidad, se yergue como ejemplo de santidad; su vida de fe se expresó en el servicio y compromiso, sobre todo con los pobres y afligidos, una vida encarnada en la médula doliente de la historia de su tiempo. Del mismo modo, nos corresponde emular su vida siendo faro y presencia en la vida doliente de la historia.
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1 En Fray Julián de Cos, O.P. La oración del amor. La experiencia mística de santa Rosa de Lima según las fuentes documentales. Salamanca, 2019. https://www.dominicos.org/estudio/recurso/la-oracion-del amor/