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Nos encontramos en la fase de implementación del Sínodo sobre la Sinodalidad (2025-2028), tras un crecimiento común en la comprensión del alcance del Concilio Vaticano II para la vida y la misión de la Iglesia. Ha crecido en nosotros la convicción de ser, todos juntos, Iglesia Peregrina y Pueblo de Dios sinodal en misión, llamada a expresar el don de la comunión con renovados signos de participación y de salida hacia la misión, siendo corresponsables y solidarios. El Documento Final (2024) ha trazado el modo para alcanzar este llamado: si buscamos una auténtica transformación, el primer paso consiste en pedir vivir el don de la conversión, personal y comunitaria, hacia aquella adhesión mental y cordial que nos permita leer los planes de Dios para su Iglesia, y así, profundizar en el ser y en nuestras relaciones antes de ponernos a actuar cambios. Y al respecto, volver a san Agustín y a su fórmula del Cristo Total (Christus Totus), podría ser muy esclarecedor, pues se trata de un padre y doctor muy presente en la inspiración y en los documentos del Vaticano II, y cuyo pensamiento y espiritualidad resultan afines al camino actual de renovación eclesial.
El obispo de Hipona, a lo largo de sus servicios pastorales, su reflexión sobre las Escrituras y sobre otros autores cristianos, y su experiencia eclesial, fue asumiendo la siguiente convicción: Jesucristo y la Iglesia constituyen, no dos entidades independientes o casualmente unidas, sino una sola realidad. ¿Cómo así? La base de tal unidad se haya en el misterio de la Encarnación, donde el Verbo eterno e Hijo de Dios quiso unirse a nuestra humanidad, para ser mediador según el plan de salvación. Este misterio de unidad en la diversidad de dos naturalezas en la persona de Cristo, hace posible que los bautizados, al unirnos a él y en él, formemos, según la enseñanza de san Pablo (cf. Ef 1,22-23; 4,15-16; Rm 12,4-8; 1 Co 12,18-31), un solo Cristo, siendo él la cabeza y nosotros su cuerpo, nueva humanidad redimida gracias a su Misterio Pascual. De él desciende a nosotros la vida divina como gracia y acción de su Espíritu, amor que une y que anima tal comunión, y la hace peregrinar, caminar hacia la plenitud. De este modo, Cabeza y miembros integran una sola persona (una persona) y un solo Cristo (unus Christus). Y siendo todos Cristo, se produce un admirable intercambio (admirabile commercium) de dones y carismas, lo que se expresa en la liturgia cuando Cristo ora por nosotros como nuestro Sacerdote, ora en nosotros como nuestra Cabeza y es rogado por nosotros como nuestro Dios (Comentario al Salmo 85, 1). Justamente, esta relación entre la unidad de Cristo entendida como posibilidad de nuestra unión con él y en él, cuando somos incorporados a su cuerpo, está en la base del lema del escudo de nuestro actual pontífice agustino: En aquel que es uno, somos uno (In illo uno, unum: Comentario al Salmo 127,3).
Pues bien, esta eclesiología agustiniana del Cristo Total proporciona a la praxis sinodal contemporánea una base espiritual y teológica para vivir el misterio de la unidad de la Iglesia entre tantas tareas. Porque, según ella, la comunión eclesial no inicia en un pacto social o acuerdo humano, sino en el don de la caridad que fluye de la Cabeza (Cristo) a los miembros (nosotros) por obra del Espíritu Santo, que actúa como alma de todo el cuerpo (Sermón 267, 4), y que obra una dignidad común entre todos nosotros, como bautizados. Por otro lado, este ser Cristo, articula la relación entre jerarquía y laicado desde el doble principio de la común dignidad y condición de discípulos: los pastores y guías de comunidades están llamados, no a dominar con poder, sino a servir con amor, en la escuela del único Maestro Interior (cf. Sermón 134,1,1; 340,1; Regla a los siervos 46). Asimismo, el Cristo Total exige valorar la diversidad de carismas, vocaciones y ministerios, reconociendo que cada uno contribuye al bien común, a la concordia y a la misión. Y para terminar, consideremos que esta unidad vital se nutre y celebra en la Eucaristía, comprendida por Agustín como el pan de la concordia y el sacramento de la unidad (Tratado sobre el evangelio de san Juan 26,13-14.17), donde el Cuerpo eclesial se reconoce ofrecido sobre el altar. En efecto, ya nuestro anterior pontífice nos animaba a discernir el cuerpo del Señor, tanto en los signos sacramentales como en la comunidad (Papa Francisco, Amoris Laetitia nn. 185-186).