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Se cumple un año de la presencia perpetua del papa Francisco entre nosotros. No es fácil resumir en pocas líneas el gran legado que nos dejó el Papa profeta. Porque eso fue Francisco, un profeta. Él supo mirar el presente del mundo y de la Iglesia y abrir con esperanza caminos de renovación humana, teológica y pastoral. Con Francisco, volvimos a respirar el Evangelio de Jesús que camina por las calles, sin temor a lo “políticamente correcto”, o a lo “protocolar”. Volvimos a respirar Evangelio, porque así actuaba Jesús.

Las circunstancias que llevaron a Jorge Mario Bergoglio al papado no eran nada fáciles. La Iglesia estaba sumergida – y en varios aspectos lo sigue estando – en profundas crisis humanas: corrupción, abusos de todo tipo, indiferencia ante los problemas reales del mundo, una religión de tendencia intimista que se queda observando y juzgando solamente las formas. Hoy, el mundo sigue enfrentando retos complejos: la carrera armamentista, el dominio de la virtualidad y lo tecnológico sobre la vida de las personas, un sistema que enriquece cada vez más a unos pocos y descarta a millones, relaciones humanas polarizantes y discriminatorias. Es por ello que el legado de Francisco se convierte en semilla que ha de germinar en lo más pequeño, en lo cotidiano, en las relaciones humanas, en el cuidado de los últimos y en la lucha contra todo lo que daña la dignidad humana y la naturaleza. Todo esto es Evangelio, todo esto es el cumplimiento de la promesa de Dios en acto. Jesús, el rostro misericordioso del Padre, nos promete un reino, y la Iglesia está llamada a acoger esa promesa, no por ser privilegiada, sino porque es en ella en quien Dios confía.
Este diálogo entre don y compromiso es el que marcó a Francisco y su magisterio. Notémoslo en cuatro rasgos, de muchos más, pero que se convierten también en líneas guía y dimensiones de la reforma eclesial para que sea Dios mismo quien moldee su comunidad, anunciando a Jesús que ama, perdona, convoca y salva.

El primero y el leitmotiv de esta herencia no podría ser otro que la alegría del Evangelio. La fe se contagia, se irradia como una luz capaz de iluminar todos los rincones de la vida y del mundo. La luz de Jesús ilumina para dar calor, no para condenar; ilumina lo herido, no para juzgar, sino para sanar. Solo el que es sanado, redimido, perdonado y salvado es capaz de alegrarse con Dios. No hablamos de una alegría superficial, pasajera o incauta. La alegría del Evangelio transforma la vida al punto de hacer de la esperanza una realidad.

Una segunda característica de Francisco es un apremiante llamado a una conversión socioambiental. Esto es, el cuidado de la casa común y de los más vulnerables de la sociedad como criterio para la aplicación de modelos económicos a todo nivel. De lo contrario, cualquier economía mata. El daño ambiental y el daño social son dos caras de la misma moneda. Herir la tierra y lo humano es herir a Dios mismo, creador de cielo y tierra. Este llamado surge desde la acción de gracias de contemplar toda la creación, al sentirnos parte de ella, no dueños. Contemplar, entonces, se vuelve un acto de fe, que ilumina aquella religión que tiende a esconder su desconfianza en Dios en la exagerada exaltación de ritos y cumplimientos, en sacrificios y holocaustos, dejando de lado la misericordia y la solidaridad como signos indiscutibles de fe. De allí que todo creyente esté invitado a involucrarse en los problemas de la sociedad, a hacer política con “P mayúscula”, como decía Francisco, a poner como criterio de elección los criterios del Evangelio, que no son partidarios, sino los mínimos indispensables capaces de llevarnos a todos a la eternidad, a través de la búsqueda del bien común.

Un tercer rasgo tiene que ver con la fraternidad. Así soñaba Francisco el mundo entero, hermanos todos, en una fraternidad universal que trabaja por lo que une; que tiende puentes, no muros; que se abre a la trascendencia, respetando cada cultura, tradición y costumbre, porque en la base de toda religión está el amor. Esto inspiró los viajes del Papa latinoamericano, los discursos y pronunciamientos con líderes de todo el mundo, y su modo de enfrentar los retos de la nueva era digital. Una fraternidad universal no ve inmigrantes o extranjeros, sino que ve seres humanos que buscan un futuro mejor que les ha sido robado por intereses de pocos o por miedos no procesados a todo lo que sea distinto al propio pensamiento o a las propias costumbres. Francisco nos advertía que si no sabemos reconocer y superar esos miedos, podemos llegar a vivir en una sociedad sin prójimos, y hacer del otro mi enemigo, es decir, negar la existencia misma.

Finalmente, un cuarto rasgo, que incluye de alguna manera a los anteriores, tiene que ver con la forma de ser Iglesia. La conversión del corazón y la renovación pastoral, guiadas por el Espíritu, llevan a una reforma de las estructuras. De allí, el camino sinodal para el tercer milenio que nos deja Francisco. La sinodalidad es una actitud cristiana, es la forma constitutiva de la Iglesia, porque caminamos juntos siguiendo a Jesús. Amar es conocerse, escucharse, aceptarse; conocer el paso de cada uno y animarnos a caminar con esperanza por la senda de la vida compartida. La meta es el Reino y el camino es Jesús. Francisco quiso que la Iglesia tome esa forma y, en lenguaje muy pedagógico, hablaba de la Iglesia como “hospital de campaña”, “pirámide invertida”, “poliedro”. Es decir, la Iglesia toma la forma del servicio, único criterio para tener autoridad, aprendiendo del maestro que, ante los retos del mundo, no se lavó las manos, sino que se puso a lavar los pies.

Recordamos un año de esa presencia eterna, y damos gracias a Dios por habernos regalado un Papa a la altura de la Iglesia que sueña Dios: una mesa compartida, donde haya alimento para todos, lugar para todos, descanso para todos, y hacerla misión permanente para llegar a todos, con el anuncio encarnado de la paz, la justicia y la esperanza que nunca defraudarán.

Créditos de las imágenes: PuntoEdu, Infobae, Conferencia Episcopal Peruana, CELAM, Vatican News



