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En la escena contemporánea, donde no pocas autoridades políticas, civiles e incluso religiosas proyectan formas de masculinidad tóxica, marcadas por el narcisismo, la violencia y el uso arbitrario del poder, la figura de san José aparece como una alternativa profunda y auténtica, señalando que otra masculinidad es posible. Cada 19 de marzo la Iglesia Católica celebra su solemnidad con un título que merece ser leído con atención: San José, esposo de la Virgen María. En sociedades donde durante siglos las mujeres han sido identificadas como “esposa de”, este giro a contracorriente introduce un discreto pero elocuente desafío al imaginario patriarcal.

El Evangelio según Mateo presenta a José como un “hombre justo” (Mt 1,19). Este único calificativo encierra, sin embargo, una notable riqueza polisémica y, en el horizonte bíblico, deja entrever una serie de cualidades. Cuando descubre que María está encinta, José no reacciona desde el orgullo herido ni desde el deseo de vengar una presunta afrenta. En lugar de convertir la situación en un escarmiento público, opta por la prudencia. Su reacción nace de la conciencia de la dignidad infinita de la persona a la que ama. En ese gesto, coherente y seguramente doloroso, resuena una libertad interior poco común frente a la tendencia dominante de cosificar a la mujer, reducirla a objeto de sospecha o someterla a juicios sumarios.

Poco después, el mismo evangelio narra el sueño en el que recibe el mensaje del ángel del Señor (cf. Mt 1,20-24). Al despertar, José abraza una historia que lo sobrecoge y lo supera. Reorganiza su vida a partir de una moción interior, sin exigir garantía alguna. Su fe se revela en esa disposición a escuchar (oboedire) y a reorientar la propia existencia cuando Dios irrumpe de improviso, trastoca los planes personales y abre un horizonte más grande, aunque incierto.

El relato de Lucas lo sitúa luego en Belén, acompañando a María en medio de un viaje extenuante y de un nacimiento marcado por la indiferencia y la precariedad (cf. Lc 2,1-7). Mateo, por su parte, narra la huida a Egipto, cuando José toma consigo al niño y a su madre para ponerlos a salvo de Herodes (Mt 2,13-15). Así, la Sagrada Familia experimenta el desplazamiento forzado, la incertidumbre del camino y la condición migrante que hoy comparten millones de personas. En ese momento decisivo, José y María, héroes discretos, asumen la responsabilidad compartida de custodiar la vida del pequeño Jesús, mostrándose resolutos en circunstancias adversas y resilientes en situaciones límite.

A pesar de las escasas referencias bíblicas sobre José, cabe pensar que la mayor parte de su historia transcurrió lejos de cualquier escena extraordinaria. Tras el regreso de Egipto, Nazaret se convierte en el espacio del trabajo cotidiano, paciente y perseverante (cf. Mt 13,55). Allí resplandece la faceta de José como educador: cuida del crecimiento de Jesús, lo inicia en los rudimentos del oficio y comparte con su familia el pan ganado con el sudor de su trabajo. En tiempos en que muchos referentes públicos alimentan modelos de masculinidad basados en la agresividad, campea la corrupción y se habla de la guerra con una ligereza inquietante, la figura de José irradia, en cambio, integridad, sobriedad y paz. En Nazaret se va coedificando así una vida familiar fundada en la gratitud, la gratuidad y la valoración de las pequeñas cosas.

La última escena bíblica en la que encontramos a José se sitúa en el templo de Jerusalén. José y María buscan a su hijo de doce años con angustia hasta hallarlo, al cabo de tres días, entre los maestros de la Ley. Entonces es María quien toma la palabra para interpelar a Jesús: «Hijo, ¿por qué nos has hecho esto? Mira, tu padre y yo, angustiados, te andábamos buscando» (Lc 2,48). Ni María ni José comprenden la enigmática respuesta de Jesús, pero María conserva «cuidadosamente todas estas cosas en su corazón» (Lc 2,51) y, junto a su esposo, custodian el crecimiento de Jesús «en sabiduría, estatura y gracia» (Lc 2,52). Frente a ciertas masculinidades contemporáneas marcadas por el control obsesivo o la necesidad de imponer autoridad, la figura de José continúa interpelando con una paternidad que acompaña y vela con solicitud, pero que reconoce respetuosamente el camino propio que se abre en el horizonte de las personas amadas.

Créditos de imágenes: Museo del Prado, Museo del Louvre, Brooklyn Museum