Artículo de reflexión | Francisco Solano, una santidad siempre en camino

14/7/2026

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Hay memorias de santidad que sobreviven en la fuerza de una palabra, en el recuerdo de un gesto y en la sencillez de un objeto. La de Francisco Solano quedó asociada a una cruz levantada, a una palabra encendida, capaz de corregir y pacificar, y a un pequeño rabel que la tradición puso entre sus manos. Era un instrumento pastoril, semejante al violín, pero más sencillo, de tres cuerdas y tocado con arco. En su figura convivían una penitencia extrema, propia del rigor observante y de la recolección franciscana, y una alegría hondamente franciscana, cercana al espíritu de Asís, reconciliada con la creación, abierta al canto, a la música y al contacto con la naturaleza. Severo consigo mismo, es recordado como un fraile capaz de consolar y tratar a los demás con indulgencia.

Cada 14 de julio, la Iglesia recuerda a este franciscano nacido en Montilla en 1549 y muerto en Lima en 1610. Su vida quedó unida a la evangelización del Nuevo Mundo, especialmente en el Tucumán, el Paraguay, Charcas y el Perú virreinal. Fue misionero, predicador, penitente, caminante incansable y una figura muy tempranamente venerada por la sociedad limeña. Su canonización en 1726 confirmó una devoción que ya había echado raíces desde mucho antes y que fue leída como signo visible de la fecundidad espiritual de la evangelización.

La tradición le atribuyó pronto una abundante fama taumatúrgica. Se contaba que en Trancas, en la región del Tucumán, actual noroeste argentino, durante una larga sequía, clavó su bastón en la tierra e hizo brotar agua. También se narraba que en San Miguel de Tucumán amansó a un toro bravo y que en Lima, el 21 de diciembre de 1604, pronunció un sermón penitencial que la tradición recordó como expresión de su celo por la salvación de las almas, en medio de terremotos, diluvios y males que inquietaban a la ciudad. El respeto por la dimensión devocional de estos relatos permite leerlos también con sensibilidad histórica. En ellos aparece un fraile capaz de consolar, corregir, despertar conciencias y convocar a comunidades muy distintas.

Acercarse hoy a Francisco Solano supone reconocer la hondura espiritual de su testimonio y situarlo en el mundo concreto en el que vivió. Marc Bloch recordaba una antigua sabiduría proverbial de Oriente según la cual “los hombres se parecen más a su tiempo que a sus padres”. Solano perteneció a una sociedad colonial marcada por jerarquías, violencias y desigualdades. Su memoria, sin embargo, no quedó asociada a la comodidad del poder, sino a una forma exigente de presencia evangélica entre enfermos, pobres, necesitados y pueblos indígenas. Su aprendizaje de lenguas, su vida itinerante, su austeridad y su predicación contra la avaricia y los malos tratos hicieron de él una figura cercana a quienes encontraban en su palabra consuelo y defensa.

Lima fue el escenario decisivo de la última etapa de Francisco Solano y del crecimiento temprano de su devoción. Allí pasó sus últimos años, allí murió y allí se consolidó una veneración que pronto lo vinculó con el patronazgo de la ciudad. En 1629, el Cabildo Secular de la Ciudad de los Reyes lo eligió como patrono y se comprometió a sostener económicamente su causa, aunque el pleno reconocimiento de ese patronazgo dependía aún de la confirmación oficial de su santidad. En una sociedad que buscaba mostrar que la fe había arraigado en estas tierras, los santos fueron mucho más que modelos de piedad individual. Representaron una manera poderosa de afirmar que el Nuevo Mundo podía ofrecer a la Iglesia universal sus propios testigos de vida evangélica.

A trescientos años de su canonización, Francisco Solano sigue interpelando a la Iglesia desde una santidad humilde y caminante. Su memoria recuerda que la palabra religiosa necesita hacerse creíble en la vida concreta de quienes la anuncian. Tal vez por eso su rabel sigue siendo una imagen elocuente. La fe está llamada a convocar, consolar y abrir caminos de encuentro.