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La Pontificia Universidad Católica del Perú fue fundada el 24 de marzo de 1917 por iniciativa de un colectivo de jóvenes laicos profesionales, liderado por Jorge Dintilhac (1878-1947), sacerdote francés de los Sagrados Corazones y primer rector de nuestra casa de estudios. Nuestra casa de estudios nació con el propósito de constituirse en una institución educativa que armonizara la fe y la razón mediante el cultivo de la excelencia académica y la creación de conocimiento desde la perspectiva del pensamiento católico. A lo largo de su historia, ha buscado vivir bajo ese espíritu, aunque ha recreado su identidad católica ante las nuevas circunstancias históricas.
La idea de fundar una universidad católica en el Perú surgió como respuesta a un contexto más amplio. En aquellos tiempos, en el mundo universitario predominaban visiones académicas como el positivismo y el liberalismo, que eran reacias a la fe y defendían ideas anticlericales. En nuestro país, no existía un espacio académico adecuado para que los estudiantes católicos pudieran hacer dialogar sus estudios con su fe religiosa. Ya en el Concilio Plenario de América Latina de 1899, convocado por el Papa León XIII, los obispos habían planteado la importancia de fomentar en los países de la región centros de educación superior a cargo de las autoridades eclesiásticas, siguiendo el ejemplo de la Universidad Católica de Chile, fundada en 1888. Estas circunstancias animaron al padre Dintilhac y a otros a replicar la experiencia en la ciudad de Lima.

Las cosas no fueron sencillas para la naciente Universidad Católica. Un primer desafío fue las numerosas críticas de políticos y catedráticos de la Universidad de San Marcos publicadas en los principales periódicos de Lima. Se decían cosas como que la Universidad Católica sería un peligro nacional porque dividiría ideológicamente a la juventud, formaría estudiantes opuestos al progreso y que ya había suficientes abogados como para crear una nueva facultad. Además, no eran solo ataques en la prensa. Al inicio, los catedráticos de San Marcos tenían injerencia en la Universidad Católica porque, por mandato del Ministerio de Instrucción, administraban los exámenes a los estudiantes y reconocían los títulos de la naciente casa de estudios.
En tal sentido, Dintilhac y los demás líderes de la Universidad tuvieron que luchar para justificar su existencia. Así, criticaron el monopolio estatal de la educación superior como una restricción del principio de la libre iniciativa de los ciudadanos y de la libertad de enseñanza. Adicionalmente, trabajaron para visibilizar el pensamiento católico en la esfera pública, mostrando que no eran fanáticos religiosos, sino que tenían ideas y argumentos que aportar al debate.

El otro desafío fue la precariedad económica y el número limitado de estudiantes. Por tal motivo, en sus años iniciales, la universidad fue beneficiaria de una amplia cadena de solidaridad. La Unión Católica de Señoras y varios obispos del Perú colaboraron con fondos destinados a su sostenimiento. Asimismo, ante la falta de espacios para la vida académica, el Colegio de La Recoleta prestó sus salones. Con el tiempo, el número de alumnos fue creciendo y las clases debieron impartirse en distintos locales del centro de Lima.

Entre los factores que permitieron la consolidación institucional de la Universidad Católica, el liderazgo tenaz y comprometido del padre Dintilhac fue uno de ellos y quizás uno de los más importantes. Dintilhac le dio a la universidad una visión educativa que nos acompaña hasta el día de hoy. Dicha visión integraba la preocupación por una formación integral de la persona, que incluyera lo ético y lo espiritual en la línea de la mejor tradición católica, y un sentido práctico de formar líderes y profesionales competentes y al servicio del país.
Para el padre Dintilhac, era posible el diálogo entre la fe católica y la cultura universitaria. La fe no tiene por qué ser enemiga ni de la humanidad ni del progreso de las ciencias. Al contrario, es un motor que impulsa a las personas a realizarse plenamente, trascendiendo sus límites y ofreciendo lo mejor de sí para el bien común. Por tanto, la educación universitaria debía prestar atención a la dimensión espiritual.
Asimismo, esa mirada integral a la educación se concretaba en la formación de líderes sociales que destacaran por sus cualidades académicas, éticas y espirituales y las pusieran al servicio del país. El padre Dintilhac soñaba con que la universidad formase profesionales que fueran buenos ciudadanos y construyeran un país justo y próspero, inspirados por una visión católica del ser humano y por el pensamiento social de la Iglesia.

Sin lugar a dudas, hoy tenemos una noción más amplia de lo que significa la formación integral, pero la raíz está en la visión de Dintilhac. Para este sencillo y laborioso sacerdote francés, el catolicismo era el elemento vertebrador de la identidad y el proyecto educativo de la Universidad Católica. Nuestra casa de estudios ha mantenido esa identidad, incluso defendiéndola en momentos de incomprensión y conflicto, pero, sobre todo, repensándola ante las nuevas preguntas de la humanidad y los desafíos del mundo académico y las transformaciones de la Iglesia y de la sociedad peruana.
Esa sigue siendo una tarea abierta para quienes hoy somos miembros de la comunidad de la Pontificia Universidad Católica del Perú: examinar colectivamente la identidad católica ante una época tan desafiante como la que vivimos, en la que la esperanza parece un bien esquivo. Pienso que el padre Dintilhac nos diría que, ante los retos del futuro, conviene volver a las raíces para, desde ellas, responder con fidelidad creativa a nuestro patrimonio más importante: una visión educativa que, inspirada en la fe cristiana, pone en el centro el desarrollo integral de las personas y promueve su capacidad de buscar la verdad y la belleza y de estar al servicio de aquella paz que es consecuencia de la práctica de la justicia y la fraternidad.
Hay algo más que el padre Dintilhac puede enseñarnos hoy. Una de las grandes virtudes que puso al servicio de la Universidad Católica fue su don de gentes y su capacidad para construir comunidad. Si la universidad hubiese sido solo la iniciativa de una persona, jamás hubiese logrado perdurar en el tiempo. A Dintilhac le debemos haber reclutado a varios intelectuales y profesionales para la causa, en un momento en que la situación de la universidad era frágil y contaba con escasos recursos. Nombres como Carlos Arenas y Loayza, Raymundo Morales de la Torre, José de la Riva Agüero y Osma, Víctor Andrés Belaúnde, Matilde Pérez Palacios y otros pusieron su talento al servicio de la Universidad. Todos coincidían en que Dintilhac había sido una inspiración en su trayectoria.

Ese modo de ejercer el liderazgo por parte del padre Dintilhac evoca la insistencia del papa León XIV en que la educación es siempre una “obra coral: nadie educa solo”. Si la PUCP quiere ser signo de esperanza en medio de la actual crisis nacional y global, necesita recordar que solo podrá serlo en la medida en que se reconozca a sí misma como una comunidad en la que todos sus miembros convergen para generar vida.
En este aniversario, estamos llamados a acoger el testimonio del padre Dintilhac y de aquella generación fundadora, con espíritu de gratitud. Pero, sobre todo, a trabajar juntos para actualizar esa visión educativa, acogiendo la invitación del papa León a convertirnos en una “constelación educativa”: una comunidad unida en la diversidad, capaz de leer los signos de los tiempos y de custodiar la armonía entre la fe, la razón y la justicia, para salir al encuentro del mundo y servirlo con amor y sabiduría.

Cita de la última memoria rectoral del P. Dintilhac de 1942:
“El verdadero progreso de la nación en el campo espiritual depende más del valor moral de sus dirigentes, de su honradez, de su generosidad, de su sentido de responsabilidad y de justicia social, de su moral profesional íntegra, de su ejemplo de perfecta vida pública, familiar y social”.
