Artículo de reflexión | Día del Padre: celebrar el amar y el cuidar

21/6/2026

Redactado por:

Tout le monde sait comment on fait des bébés
Mais personne sait comment on fait des papas

Stromae, Papaoutai

Investigaciones recientes muestran cómo la paternidad cambia el cerebro del varón debido a un mayor involucramiento del padre en el cuidado y la atención de los bebés y niños. Las hormonas de un padre involucrado afectan su cerebro y acrecientan su empatía, cuidado y atención, lo que se traduce en un mayor bienestar para los bebés, la pareja y la familia. Estos estudios muestran que la paternidad involucrada (active fathering) no es solo una decisión cultural de una generación, sino que se enraíza en nuestra disposición natural al amor y al cuidado.

La fe cristiana se fundamenta en que todo ser humano es imagen de Dios, lleva en su interior el Misterio de Dios. Portamos así el encargo divino de amar y cuidar a los nuestros, a quienes nos rodean y a nuestro entorno. Y es que el amor, como decía san Ignacio de Loyola, se ha de poner más en las obras que en las palabras. En nuestros tiempos tan recios y desafiantes, la disposición innata al amor y al cuidado parece ahogarse ante la ideologización, la polarización, la inmediatez y el rápido apasionamiento. Por ello, celebrar la paternidad es volver a lo más básico de nuestro ser imagen de Dios: amar y cuidar a los más pequeños. 

Desde mi experiencia de paternidad como padre de dos pequeños, me atrevo a decir que el arte de cuidar a los hijos es, ante todo, un don que se recibe en la vida. Un don desafiante en el que somos transformados amando y cuidando las vidas que amamos y cuidamos. Cada hijo es una epifanía: una manifestación de lo inmensurable de la vida humana. Cada hijo muestra la riqueza honda de la vida, con su personalidad, individualidad, picardía e ingenio. Con cada hijo estoy aprendiendo de nuevo a asombrarme de lo que me rodea, a mirar mi entorno desde sus pequeñas estaturas, a atesorar la sonrisa y la risa a carcajadas, y a recibir el abrazo y también el desafiante berrinche.

En nuestra época de sociedades de rendimiento, donde se nos exige el éxito profesional – y para los académicos, publicaciones indexadas una tras otra. Con mis hijos he aprendido y sigo aprendiendo la lentitud y la renuncia. Ante un ritmo de vida tan acelerado, en el que se nos piden resultados rápidos y se vive siempre con un deadline al lado, mis hijos me enseñan cómo la vida se gesta y se desarrolla con lentitud. Una lentitud que desinstala, rompe y trasciende las murallas del rendimiento y, sobre todo, permite contemplar la belleza de verles gatear, dar sus primeros pasos, escuchar sus primeras palabras, jugar y perderse en un ritmo donde el gozo de la vida es fuente para gratuidad y gratitud. La lentitud que me enseñan mis hijos transforma, como dice José Tolentino en su Pequeña teología de la lentitud, para “reaprender el aquí y el ahora de la presencia”. Aprendo y vuelvo a aprender con mis hijos que la vida es, ante todo, presencia y cuidado amoroso. Mis dos pequeños me siguen enseñando la importancia de estar presente.

Con mis hijos, también he sido iniciado en el arte de la renuncia. En tiempos en que nuestra autoafirmación se construye sobre una idea de libertad casi absoluta, si no absoluta, la paternidad activa enseña que el amor y el cuidado implican renuncias. La primera renuncia quizá sea a vivir acelerado por las urgencias del trabajo, pero también se renuncia a las pequeñas diversiones, al tiempo libre y, a menudo, al descanso. La paternidad es un encargo a tiempo completo. Estas renuncias a veces cuestan, pero son una escuela donde se aprende que a veces toca disminuir y renunciar para que otras vidas crezcan.

El místico renano Meister Eckhart decía que los seres humanos somos porque Dios se anonada una y otra vez. La paternidad y la maternidad son, en cierto sentido, una invitación a aprender a salirse de sí, aunque sea un poco. Así participamos, aunque con timidez, de la paternidad-maternidad de Dios. Así vivimos el llamado a amar y cuidar, una invitación a la que todos estamos llamados en tanto hijos e hijas del mismo Padre Abbá. Por eso, quizá en toda relación de amor y cuidado se expresa en cada uno de nosotros algo de padre y de madre. Amar y cuidar son formas de vivir hondamente lo que portamos dentro en tanto criaturas: la imagen de Dios.

Por todo ello creo que festejar el día del padre es celebrar el don de los hijos, epifanías íntimas de la Presencia. Pequeñas y luminosas epifanías que invitan a aprender y asombrarse una y otra vez en la relación de amor y cuidado. Bellas epifanías que invitan a la lentitud y a la renuncia y, con ello, abren la puerta al gozo de lo sencillo y lo cotidiano. Es también festejar a nuestros padres, otras bellas epifanías que disminuyendo, nos dejaron crecer. Es celebrar con gratitud, finalmente, a la Presencia paterna-materna que nos acompaña y abraza en amor.

Créditos de las imágenes: Pexels, Vatican News