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Los peruanos y peruanas celebramos un aniversario más de la independencia de nuestro país en un escenario de transición política y de grandes tensiones a nivel global. En esta fecha, nos vemos movidos a agradecer a Dios por todo lo que esta tierra nos ha aportado, y también por el testimonio de tantos compatriotas que a lo largo de nuestra historia han ayudado a transformar realidades de opresión en proyectos de justicia y libertad. Es verdad que los desafíos que tenemos al frente parecen restar importancia a esta memoria agradecida. Sin embargo, sabemos que nuestra esperanza se alimenta tanto de la Promesa de Dios como de sus frutos en la historia humana.
En esa historia todos tenemos nombres que recordar. En el mundo universitario hacemos memoria de tantos pastores y maestros que, con su palabra y ejemplo, nos movieron a mirar la realidad peruana con los ojos de la fe. En el corazón de la vida eclesial, hemos conocido también a muchos líderes de comunidades que, ante las injusticias sociales, supieron tejer redes de solidaridad para sostener la vida y la dignidad. Y también están los creyentes “de a pie”, quienes, con su participación constante y su compromiso con la ética cristiana, han hecho más creíble la esperanza en la posibilidad de un Perú mejor. A todos estos hombres y mujeres no podemos dejar de tenerlos presentes al festejar a nuestra patria.
La misión, sin embargo, continúa. Dice Jesús en el Evangelio que “la cosecha es abundante, pero los obreros son pocos” (Mt 9, 37), y ello sigue siendo una verdad en nuestro país. La cosecha es abundante porque las necesidades son numerosas. Necesidad de verdad para comprender los mecanismos que mueven nuestra vida social y política, necesidad de discernimiento para distinguir el trigo de la cizaña allí donde nos cautivan la inmediatez y la vanidad, necesidad de empatía para actuar poniendo por delante la vida de los que más sufren. Es verdad que ante tamañas necesidades nos reconocemos pequeños y limitados. Sin embargo, sabemos que participamos de la cosecha no tanto por nuestras cualidades, sino porque el dueño de la cosecha nos ha convocado a ella. En esa relación está la razón de nuestro trabajo.
Ahora bien, hacen falta más fuerzas. Cuando Jesús se refiere a la escasez de obreros, no espera de sus discípulos una actitud conformista; por el contrario, los mueve a pedir al dueño de la cosecha que envíe más trabajadores. Queda, además, por descontada su invocación a que ellos mismos entusiasmen a otros con la causa del Reino. Por ello, parte de nuestra misión no solo es resistir la tentación del desánimo, es también ser activos en despertar en los demás el compromiso con un país mejor. Se trata, finalmente, de generar en nuestros compatriotas de hoy el mismo efecto movilizador que nuestros mayores, a veces en circunstancias más difíciles, produjeron en nosotros al dar testimonio del Evangelio.
Celebrar al Perú es, pues, hacer memoria agradecida de todos aquellos que, con su vida, fortalecieron nuestra esperanza. Y es también ponerse en camino para encarar activamente los retos de la cosecha y lograr que esa esperanza siga siendo creíble en nuestro país.